Era un atardecer extraño, con colores y sonidos apocalípticos. El sol anaranjado escondiéndose tras un velo de nubes grises era una visión horrorosa y desconcertante. Debí saber que algo andaba mal ese día, que era cosa de prestar atención para percibir el mal que reinaba en el aire.
En cuestión de segundos, el sol se volvió una criatura satánica y comenzó a perseguir la micro en la que yo viajaba. Se movía rápido, enajenado, motivado por la pasión demoníaca.
Mis ojos no podían creer lo que veían, y aterrados parpadearon decenas de veces pensando en que así la visión espeluznante desaparecería, mas no fue así. El anaranjado sol diabólico continuó persiguiéndonos, sin que nadie más que yo pudiera darse cuenta de ello.
Y tan rápido como empezó, también acabó. De un momento a otro, el sol había regresado a su lugar. Suspiré aliviada y decidí no volver a mirar por la ventana, pero entonces los postes de luz se convirtieron en gigantes mujeres lánguidas que se movían de un lado a otro, emitiendo desde sus entrañas un doloroso lamento.
El sonido era escalofriante, puro dolor y agonía. Asustada me tapé los oídos y miré a mi alrededor buscando ayuda, pero nada. La gente seguía metida en sus propios asuntos, mirándose, escuchándose, como si en el planeta no hubiera más gente que ellos mismos...
“Malditos egoístas”, pensé y me volví hacia la ventana. Las mujeres lánguidas habían desaparecido. Para ese entonces el corazón me latía desesperado, al borde del colapso. Sentía que las manos me transpiraban frío, que las sienes me estallarían de un minuto a otro y pude percibir el aroma de la muerte.
Quise cerrar los ojos, abrir la boca y gritar de espanto, pero no pude. El cuerpo no me respondía y estaba condenada a seguir mirando por esa maldita ventana. Vi a guaguas decapitadas cayendo del cielo, enormes serpientes rojas deslizándose en los edificios y cabezas humanas empaladas en los postes de luz. Vi gente siendo devorada por abominables criaturas aladas que bajaban desde las nubes para sembrar la muerte. Vi, tantas cosas vi. Y habría seguido viendo de no ser, porque el reloj marcó las 8AM y sonó.
En cuestión de segundos, el sol se volvió una criatura satánica y comenzó a perseguir la micro en la que yo viajaba. Se movía rápido, enajenado, motivado por la pasión demoníaca.
Mis ojos no podían creer lo que veían, y aterrados parpadearon decenas de veces pensando en que así la visión espeluznante desaparecería, mas no fue así. El anaranjado sol diabólico continuó persiguiéndonos, sin que nadie más que yo pudiera darse cuenta de ello.
Y tan rápido como empezó, también acabó. De un momento a otro, el sol había regresado a su lugar. Suspiré aliviada y decidí no volver a mirar por la ventana, pero entonces los postes de luz se convirtieron en gigantes mujeres lánguidas que se movían de un lado a otro, emitiendo desde sus entrañas un doloroso lamento.
El sonido era escalofriante, puro dolor y agonía. Asustada me tapé los oídos y miré a mi alrededor buscando ayuda, pero nada. La gente seguía metida en sus propios asuntos, mirándose, escuchándose, como si en el planeta no hubiera más gente que ellos mismos...
“Malditos egoístas”, pensé y me volví hacia la ventana. Las mujeres lánguidas habían desaparecido. Para ese entonces el corazón me latía desesperado, al borde del colapso. Sentía que las manos me transpiraban frío, que las sienes me estallarían de un minuto a otro y pude percibir el aroma de la muerte.
Quise cerrar los ojos, abrir la boca y gritar de espanto, pero no pude. El cuerpo no me respondía y estaba condenada a seguir mirando por esa maldita ventana. Vi a guaguas decapitadas cayendo del cielo, enormes serpientes rojas deslizándose en los edificios y cabezas humanas empaladas en los postes de luz. Vi gente siendo devorada por abominables criaturas aladas que bajaban desde las nubes para sembrar la muerte. Vi, tantas cosas vi. Y habría seguido viendo de no ser, porque el reloj marcó las 8AM y sonó.

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